ÍNDICE ONOMÁSTICO

El índice Onomástico es el que se encarga de señalar los nombres propios de personas que aparecen citados en un libro. El término «onomástico» se define como «perteneciente o relativo a los nombres especialmente los propios» (RAE); asimismo, tenemos a la onomástica, la ciencia que estudia los nombres propios, por lo tanto, el nombre de este índice no puede dar lugar a equívocos. Se trata de uno de los índices más comunes y extendidos en las obras de ensayo.

Pueden ser nombres de personas (lo más habitual) pero también de otros seres como dioses, héroes, animales, monstruos… Estos suelen encontrarse en obras de mitología, religiones, historia y otros temas similares. Cuando se trata de seres no humanos van acompañados por la cualidad que los identifica:

Artemisa, diosa:
Heracles, héroe:
Gorgona, monstruo:

Sin embargo, lo usual es que el índice Onomástico se dedique a nombres de personas de carne y hueso. Parece simple, pero tiene algunas complejidades que debemos examinar. En la sección del Oñomástikón acerca de los nombres se amplían cada uno de los temas que vamos a tratar a continuación.

Los nombres propios de personas los podemos encontrar de tres formas básicas:

Nombre único o con epíteto.
Nombre y apellido.
Nombre y dos apellidos.

Nombre único
El nombre único es propio de la antigüedad (excepto Roma) y la Edad Media cuando empieza a extenderse el uso del o los apellidos.
Habitualmente suele aparecer con epíteto, para diferenciar aquellos que poseen el mismo nombre (Arístides de Atenas; Arístides de Mileto; Arístides el Retórico…)
Se alfabetiza por el nombre.

Nombre y un apellido
Lo más común en casi todos los idiomas del mundo.
Se utiliza siempre y en todos los idiomas el apellido de línea paterna (para que luego haya negacionistas del patriarcado).
Se alfabetiza por el único apellido.

Nombre y dos apellidos
Es el caso del español-castellano, portugués, vasco, catalán y gallego. Se alfabetiza por el primer apellido.

La alfabetización de estas tres formas de designar a una persona se realiza de la siguiente manera. Imaginemos tres nombres inventados: Tomás de Winchester; John Tomas y José Tomás García.
En primer lugar, siempre el nombre único (Tomás de Winchester); luego el nombre de un apellido (Tomas, John); y para terminar con el de dos apellidos (Tomás García, José).

Así quedaría ordenado este ejemplo en un índice:

Tomás de Winchester:
Tomas, John:
Tomás García, José:

En el caso de los apellidos compuestos, es decir aquellos apellidos unidos por un guion (García-Ramos; Sánchez-Albornoz; González-Blanco; Royer-Collard…) cuando los ordenamos alfabéticamente el guion se coloca tras la letra z, en último lugar. En el ejemplo anterior quedaría ordenado de la siguiente forma:

Tomás de Winchester:
Tomas, John:
Tomás García, José:
Tomás-Alberola, Jacinto:

Un caso complicado son los apellidos separados por artículos (la, los…), preposiciones (de; del…) y conjunciones (y; e). Por ejemplo: Ortega y Gasset; Pérez de Ayala; Martínez de la Escalera…

Existen dos maneras básicas de alfabetizarlas en un índice:
Una tiene en cuenta esos artículos, preposiciones y conjunciones para ordenar los indicadores:

Martínez Albaladejo, Juan
Martínez de Acanto, Felipe
Martínez Ortiz, Antonio
Martínez y Ceballos, José

La otra posibilidad considera estas formas artificiales como invenciones de una época determinada (siglo XVIII-XIX) y caprichosas (en aquellas épocas el asunto del nombre no estaba regulado) por lo tanto no deberían ser tenidas en cuenta:

Martínez de Acanto, Felipe
Martínez Albaladejo, Juan
Martínez y Ceballos, José
Martínez Ortiz, Antonio

Cada indizador puede elegir la que mejor considere.

Existen dos casos por el que se produce una alteración significativa en el nombre completo de una persona. El primero es el uso de pseudónimos mientras que el segundo consiste en el cambio o eliminación del apellido natal de las mujeres cuando contraen matrimonio.

Es común que en los libros encontremos autores citados mediante un pseudónimo. En ese caso existen dos posibilidades:
Cuando el pseudónimo es más conocido y ha trascendido a la posteridad antes que su nombre de pila, no hace falta incluir una referencia que indique el nombre verdadero. Es el caso, por ejemplo, de: León Felipe; Voltaire; Platón; Molière… y otros muchos.
En el caso que sea más conocido por el nombre natal que por el pseudónimo, sí que es necesario incluir una referencia cruzada:

Mairena, Juan de: véase Machado, Antonio.

En algunas ocasiones aparecen citados en el mismo libro de las dos maneras, su nombre verdadero y el pseudónimo, entonces resulta necesario insertar la referencia cruzada:

Corpus Barga:
García de la Barga, Andrés: véase Corpus Barga
Hierocles de Atenas: véase Platón

La segunda alteración del nombre se produce con el cambio de apellido de las mujeres cuando se casan.
En español-castellano suele ocurrir que se añada el apellido del varón tras el primer apellido natal de la mujer. Mientras que, en francés, inglés, italiano, alemán… (y la mayoría de idiomas que usan un único apellido) la mujer casada perdía su apellido natal y pasaba a ostentar el apellido del marido.
La cosa se complica cuando se divorcia o enviuda y se vuelve a casar varias veces con los consiguientes cambios de apellido. ¿Cuál utilizar en un índice?
En estos casos se suele coger o bien el apellido natal o el del primer marido (o aquel con el que haya estado más tiempo) Siempre hay un nombre, sea el natal o el de alguno de sus maridos, por el que ha trascendido y es conocida en el terreno cultural.

Una cuestión sobre la que no existe unanimidad ni unas normas claras es lo relativo a los títulos religiosos o sociales del tipo: lord, swami, san, santa, beato(a), sor, fray, venerable, maestro(a), Gurú…
¿Se deben incluir en el índice?

Juan de la Cruz; san Juan de la Cruz; o Juan de la Cruz, san.
Luis de León; fray Luis de León; o Luis de León, fray.
Churchill, Winston o Churchill, sir Winston
Vivekananda o Vivekananda, Swami

El indizador ha de ser respetuoso hacia las distintas tradiciones religiosas y creencias, pero en mi opinión debe mantener una sana distancia respecto de todas ellas. Por lo tanto, yo me inclino por no incluirlas y dejar el nombre natural.

Algo similar ocurre con los títulos nobiliarios (marqués, conde, barón…) en general deben quedar fuera del índice, a no ser que haya trascendido culturalmente y sea más conocido por ese nombre y no por su nombre personal, como, por ejemplo:

Lautréamont, conde de:
Santillana, Marqués de:

En otros casos, es necesario insertar una referencia cruzada:

Lumiares, conde de: véase Valcárcel Pío de Saboya, Antonio
Rumford, conde de: véase Thompson, Benjamin

En el caso de los reyes y emperadores hay que encontrar una manera de diferenciarlos, pues puede originar mucha confusión la similitud entre los nombres de muchos de ellos, por ejemplo:

Juan II de Castilla, rey:
Juan II de Aragón, rey:
Juan II de Portugal, rey:

Hay que evitar en lo posible los apelativos y apodos muy comunes en otras épocas históricas:

Alfonso I de Aragón y no Alfonso I el Batallador
Alfonso X de Castilla y no Alfonso X el Sabio

El indizador debe ser respetuoso con los nombres de idiomas ajenos y no caer, como en épocas pasadas, en la traducción literal de estos:
Nietzsche, Friedrich; no Nietzsche, Federico
Guillermo por William, Enrique por Henry…

A no ser que la traducción del nombre haya trascendido los siglos y sea de uso común, por ejemplo:

Tomás de Aquino; Pablo de Tarso; Clemente de Alejandría…

En muchas ocasiones encontramos en las páginas de los libros autores o personas citados no por su nombre sino por algún apodo o sobrenombre.
En lugar de Aristóteles, por ejemplo, puede aparecer como el Estagirita o el filósofo griego…
Asimismo, podemos encontrar términos como aristotelismo, aristotélico…. ¿Se debe incluir esa referencia en el índice Onomástico?
En el primer caso desde luego que sí, pues el apodo u otra forma de llamar al autor lo está nombrando. En el segundo caso ya depende del contexto. Si se utiliza como una referencia al autor, aunque sea lejana, se debería incluir. Pero si se usa a nivel genérico para calificar una escuela filosófica o visión del mundo no debería indizarse.

Hasta aquí lo referente al índice Onomástico, insisto uno de los más comunes y extendidos en los libros de ensayo. Nos dejamos cosas en el tintero, pues los casos concretos que merecerían una explicación son casi infinitos. Esa fue una de las razones para crear el Oñomástikon. Disponer de un listado de nombres donde aclarar las dudas que surgen cada vez que se realiza un índice Onomástico o un trabajo académico.